10 dic. 2009

Marco Aurelio Chavezmaya: Siempre fui un niño de huertos

Foto: Conaculta

El 3 de diciembre de 2009, el poeta mexicano Marco Aurelio Chavezmaya recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2009 en el emblemático Castillo de Chapultepec. Aquí, sus palabras, que me han emocionado profundamente y que no dejarán de tocar el corazón de todo el que las lea.

PREMIO HISPANOAMERICANO DE POESÍA PARA NIÑOS, 2009

(Fundación para las Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica)

Señores del presidium: En algunos de los correos electrónicos que envié para invitar a mis amigos y familiares a este acto, les decía que, como parte del programa y luego de este breve mensaje y la lectura de algunos poemas (y dada la alegría que implica este galardón), yo me envolvería en nuestra bandera tricolor y me arrojaría al vacío desde una torre del Castillo, como hace muchos años hizo Juan Escutia.

Bueno, les anuncio que no lo haré (todavía tengo mucho que escribir), lo que sí haré será envolverme en la bandera de la nostalgia para empezar a contar a ustedes un poco quién soy y qué es este libro llamado El niño en su casa del árbol de la vida.

Muchas veces, en el pasado, me pregunté cómo fui a salir escritor en un ambiente con una escasa tradición literaria. Soy bisnieto y nieto de músicos, mi padre es orgullosamente herrero, oficio que también aprendí en la infancia y adolescencia. Mi abuelo materno fue taumaturgo y zapatero remendón, y su hijo, mi tío, era pintor aficionado. En mi casa de Metepec, donde nací y viví hasta los 17 años, sólo había dos libros, o sólo recuerdo dos: Cien poesías escogidas y Genoveva de Brabante. Había una enciclopedia estudiantil y después hubo una enciclopedia Dánae y un diccionario Larousse ilustrado. Eso era todo.

Pero ahora, cuarenta y tantos años más tarde, comprendo que detrás de mí sí había una tradición literaria, una poderosa tradición oral. Porque si bien no abundaban los libros, mis padres habían aprendido bien sus lecciones y traían a cuestas su D’Amicis, su Verne, su Salgari, su María Enriqueta, y las Rosas de la infancia florecían en ellos. Mi madre me cantó nanas a su debido tiempo, me enseñó a escribir a los cinco años (recuerdo tardes y tardes arrastrando el lápiz, mi mano llevada por su mano, dibujando aquella inolvidable caligrafía palmer) y mi padre nos contaba cuentos antes de dormir. Cuentos inventados, claro, donde mezclaba tramas de las mil y una noches con escenarios de cuentos de hadas; cuentos fantásticos todos ellos, siempre inacabados. Por cierto, todavía estoy esperando el final del pájaro de mil colores.
Lo diré, pues, rápido y sencillo: soy escritor gracias a mis padres. ¿Recuerdas, padre, que nos trajiste al Castillo de Chapultepec cuando éramos niños mis hermanos y yo? Ahora que estamos aquí de nueva cuenta, en este Alcázar que conocí entonces y al que regresé décadas después con mis propios hijos, quiero aprovechar para reconocer una vez más, de manera pública, esas viejas palabras, esas enseñanzas que tú y mi madre me brindaron y que me condujeron finalmente al oficio literario.
Para hablar del libro premiado diré que nunca había escrito poesía para niños. Al preguntarme sobre el tema respondo que para mí era un desafío, que les debía a mis hijos algunos versos que nunca les pude regalar cuando eran más chicos; esas son las verdades racionales que me gusta argumentar. La verdadera motivación, como es de suponer, es más profunda.

Hay un verso de Fernando Pessoa que me gustó desde que lo leí y que ahora viene al caso: “El niño eterno me acompaña siempre”. Yo siempre fui un niño de huertos, de ciruelos, de capulines, de milpas de la abuela, de explorar el cerro de mi pueblo. Acaso este libro es únicamente la pretensión desesperada de recobrar en mi madurez el rostro oculto de mi propia infancia. María García Esperón, ganadora de este premio en una edición anterior, ha dicho que “Tocar el misterio de la propia infancia es una de las experiencias más intensas y transformadoras que pueda tener un adulto”. Estoy de acuerdo. Escribir los poemas de este libro ha representado probablemente una suerte de rescate entrañable de la infancia ideal que viví por momentos.

La estructura del libro es simple: a lo largo del día (mañana, mediodía, tarde, noche) el niño observa y actúa en el mundo que lo rodea. Los escenarios son la casa, el huerto, la escuela y aun la ciudad. Y a su alrededor hay una madre y un padre y un gato. Pero acaso la presencia fundamental sea la de su abuelo alfarero.

Yo quisiera expresar que el libro es asimismo un homenaje a los viejos de mi pueblo que me contaron tantas historias, un homenaje también al oficio primordial de Metepec, que es la alfarería (ahí está la inefable presencia del árbol de la vida como metáfora y paradoja). Una de mis preocupaciones formales fue expresar los asuntos trascendentales de la vida (la fugacidad del tiempo, el amor, la muerte, el desastre ecológico) con un lenguaje lo más sencillo posible. Si lo conseguí o no, les tocará a ustedes decirlo en su momento. Quisiera expresar muchas cosas acerca de esta obra, pero tampoco es tan sencillo. Todo libro, como es sabido, es más –o a veces menos– de lo que su autor pretende.

Es un orgullo legítimo, un enorme orgullo, un privilegio, una alegría profunda, ser ganador de este premio en su edición 2009. La verdad de Perogrullo, como todo el mundo lo reconoce, es que este premio, que convoca la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo de Cultura Económica, ha marcado un antes y después en la escritura y divulgación de la poesía para niños en lengua española y en la literatura infantil en general. No sé a quién o a quiénes se les ocurrió, pero desde aquí manifiesto mi modesto y sincero reconocimiento.

Para terminar diré que las primeras versiones de estos poemas fueron escritas en 2005. Entonces yo era coordinador editorial de la revista Castálida y alguna tarde me compré esta agenda del Fondo de Cultura Económica. Entre la oficina y el huerto de una casa rentada, bajo el ciruelo, empecé a escribir con una letra palmer (no tan bella como la que hacía mi madre) estos versos que luego de muchas correcciones han dado sus frutos. El hecho de que la primera escritura haya sido en una agenda del FCE y que el libro resultante vaya a ser editado por esta misma casa editora es una coincidencia admirable, esos azares casi milagrosos que sólo la poesía nos puede brindar.

Muchas gracias.

Castillo del Chapulín, 3 de diciembre del 2009.

Marco Aurelio Chavezmaya