7 dic. 2009

El elíxir de larga vida



-Es el colmo del delirio -dijo don Juan.
-He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido tras el grifo.
-Ya está, padre.
-Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.
-Aquí está.


Don Juan Belvídero se levanta de la mesa de la orgía para ver morir a su padre Bartolomé en la Verona del Renacimiento.
En el lecho de muerte el anciano pide al hijo que lo frote con un elíxir que guarda en su cómoda y que lo verá renacer, florecido.

Don Juan hace la prueba con un ojo del cadáver y el ojo lo mira. Tan incapaz de soportar la mirada como deseoso de tomar posesión de la cuantiosa herencia el hijo revienta el ojo acusador y precipita el entierro del padre.
Se entrega a una vida de libertinaje y de derroche y avaricia alternadas. Pero a él también le llega la ancianidad y pide a su joven hijo, Felipe que lo devuelva a la vida frotándolo con el viejo elíxir.

Felipe da comienzo a su piadoso deber y frota la cabeza y el brazo del cadáver. Oye estremecimientos indescriptibles, pero piensa que es el viento en la cima de los árboles. La cabeza floreció de la calva amarilla "tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover al esqueleto al que pertenecía". El brazo redivivo de Don Juan atenaza a Felipe y provoca que el elíxir caiga al suelo, donde se evapora.

Esta historia la cuenta Balzac en la narración El elíxir de larga vida y afirma haberla recibido, en los comienzos de su vida literaria, de un amigo muerto, que a su vez la habría encontrado en una antología. Balzac conjetura que se trata de una fantasía de Hoffman, publicada en un almanaque en Berlín y convenientemente olvidada.

Balzac le otorga a su Don Juan Belvídero media hora de conversación con el Papa Julio II, que construye la Basílica de San Pedro.

"-San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder -dijo el Papa a don Juan-, merece este monumento. Pero a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar".

Esta certeza de que nos borrará un silencio una noche cualquiera es lo que restituye a la vida su cualidad misteriosa, su sentido último. Y comprenderlo así y así vivirlo es el elíxir de la larga vida, (con sus indescriptibles, dolorosos estremecimientos) que no supo ver el Don Juan de Balzac, ni su padre Bartolomé ni el piadoso Felipe.