16 nov. 2009

Eduardo Matos Moctezuma y yo en ese viernes 13



El viernes 13 de noviembre de 2009, en León, Guanajuato viví experiencias extraordinarias que más o menos esperaba... y un asombro inesperado:

Conocer personalmente al Maestro Eduardo Matos Moctezuma, que dictaba una conferencia dentro de los Coloquios Cervantinos organizados por el Instituto de Cultura de Guanajuato. El tema era Mitos Aztecas. Yo quería escuchar a la escritora Laura Hernández Muñoz en lo que sería su magistral relación del Primer Congreso de la Palabra, pero me quedé en la Sala José Vasconcelos de la Biblioteca Central a hacer realidad uno de mis más acariciados sueños: manifestar mi admiración y agradecimiento al arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma.

Casi medio siglo dedicado a sacar a la luz al México prehispánico, a escribir libros que combinan la objetividad del científico con la sensibilidad del hombre de cultura, a fundar el Museo del Templo Mayor, el Centro de Estudios Teotihuacanos, a excavar la Pirámide del Sol, a buscar, a encontrar, a rescatar, a pensar, a escribir.

Como era viernes 13 (y nos reveló que en las más recientes excavaciones en el predio de las Ajaracas, relacionado con el hallazgo del inmenso Tlaltecuhtli, se hizo el hallazgo de 13 águilas inhumadas en lo que se piensa fue el entierro del tlatoani Ahuízotl)como era viernes 13 me di la oportunidad de, en el espacio de preguntas y respuestas, tomar el micrófono y dirigirle, primero en mi nombre y después en el de la patria agradecida, unas palabras que emocionaron mucho a todos y que fueron rematadas con un abrazo.

En mi nombre porque como escritora de literatura infantil y juvenil he abordado el tema prehispánico en mis novelas Mi Abuelo Moctezuma (Edelvives) y Copo de Algodón (El Naranjo)... y fundamentado mi investigación en sus libros.

Pocos mexicanos hay ahora como Eduardo Matos Moctezuma.

Él pertenece a ese tipo de hombres universales de los que en México fue pródiga la primera mitad del siglo XX. Matos Moctezuma fue alumno de Wigberto Jiménez Moreno, (quien fuera arqueólogo, filólogo, etnógrafo e historiador), vivió los días vibrantes que sacaron a la luz los restos del Templo Mayor, en el corazón de la Ciudad de México, su nombre se asociará por siempre a la despedazada Coyolxauqhi, la misteriosa Luna prehispánica, uno de los mitos fundamentales del Pueblo del Sol.

Sus libros Muerte a filo de la obsidiana, Vida y Muerte en el Templo Mayor, Los Aztecas, Las Piedras Negadas... y el que casi me hizo caer de rodillas, La Piedra del Sol y otros monumentos solares son las memoriosas huellas de un hombre que se ha hecho Historia al hacer Historia.