1 jun. 2009

Teotihuacan: Ciudad de los Dioses

La pirámide del Sol en una de las fotografías de Martirene Alcántara colocadas en la barda del Museo de Antropología, sobre el Paseo de la Reforma.



La Plaza de la Luna, la plataforma adosada, la pirámide la Luna. Detrás, el Cerro Gordo y la noche cósmica.

Con el viejo dios del fuego, también mi abuelo, Huehuetéotl.


La muestra "Teotihuacan: Ciudad de los Dioses", podrá ser visitada en el Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México hasta el mes de agosto de 2009.
El MNA nos tiene acostumbrados a museografías soberbias y ésta de Teotihuacan no es la excepción.
Es innegable la impronta del extinto arqueólogo Felipe Solís, para quien la exhibición es también un homenaje.

El discurso visual armado en torno a los últimos hallazgos en la Pirámide de la Luna -reconocimiento al arqueólogo japonés Saburo Sugiyama, quien ha dedicado su vida a Teotihuacan- es impresionante, ejemplo de lo que ocurre cuando se alían el conocimiento y la tecnología. Una serie de proyecciones en una vitrina de vidrio velan y develan la estremecedora escena de los humanos y animales sacrificados en la ceremonia de consagración del edificio.

Oscuridad y luz que despiertan misterios dormidos, que vuelven a levantar la incógnita: ¿quiénes eran?, ¿qué idioma hablaban?, ¿por qué desaparecieron?

¿Desaparecieron?

Físicamente tal vez. Pero sus símbolos, sus estructuras portadoras de memoria perviven, los cuatro rumbos y el centro, el glifo del año, la fusión de jaguar y de serpiente, de ave y de humano, el rostro miles de veces representado, la noche y sus luminarias ascendiendo la pendiente de las pirámides, el dios-diosa, la diosa-dios, el agua, el fuego, el viento, el ululante caracol que seccionado revela el símbolo del señor de la aurora, Tlahuizcalpantecuhtli, divino gemelo del alba y de la tarde...