24 de jun. de 2009

La Ciudad de las Esfinges en Educación y Biblioteca




Detrás de esta reseña de la magnífica novela "La Ciudad de las Esfinges" se encuentra toda mi admiración para la literatura de Jaime Alfonso Sandoval, mi aprecio al trabajo de ensayo y crítica de Gustavo Puerta en torno a la LIJ (él es editor de la sección de LIJ de Educación y Biblioteca) y mi amistad con el poeta, educador y activo y promotor de la poesía que se escribe para niños en castellano, Pedro Villar, con quien todos los días desde México, muchas personas hacemos castillos en España...


Jaime Alfonso Sandoval

La Ciudad de las Esfinges

México: Ediciones SM, 2008

(Cuarta reimpresión de la quinta edición)

En este su libro de 1999, Jaime Alfonso Sandoval no se deja nada en el tintero. Se crea y se recrea en el sello de su literatura: la originalidad.
Porque no hurta la originalidad. La hereda. Le deviene directamente de Julio Verne y de Jonathan Swift.

La Ciudad de las Esfinges es, como los de Verne y los de Lemuel Gulliver -la criatura y alter ego de Swift- un viaje extraordinario que tiene la virtud de transmutar el tiempo cotidiano que se emplea en leer el libro en una extraordinaria vivencia.

El mayordomo Theodore Farraday, todo fidelidad, buenas maneras, exquisita cultura y sentido del humor -"Eso ayuda, el buen humor lo es todo"- , acompaña a los treceañeros hermanos Diana y Aquiles Astorga a una singular cacería: la del lemurio racional que hará que los aventajados chicos ganen un concurso de caza y una inmensa fortuna.

Pero la aventura los resigna: les cambia el signo. De cazadores se convierten en cazados; de perseguidores de animales en animalias enjauladas por la alucinante sociedad de los murnni . Como objetos de curiosidad les resulta difícil recuperar su condición de sujetos y desde esa óptica desencajada pueden observar -y hacer observar al lector- agigantados los defectos humanos y mirarse en los lémures inteligentes como en un espejo inverso.

Entre los murnni cubiertos de pelo el autor crea personajes entrañables como la lemuria niña Innka -trasunto de la tierna giganta Glumdalclitch de los Viajes de Gulliver- y el sensatísimo Eewon, perseguida mezcla de Galileo y Darwin que abandona su mundo para integrarse a un clan humano: "podría funcionar, más raras familias se han visto".

Diana y Aquiles llevan nombres de héroes y de dioses. Y lo son en su privilegiada condición infantil, en ese umbral de los trece años en que todavía no entran las fisuras y dudas de la adolescencia, el sueño intacto, la tersa piel, el sólo existe el presente de los héroes y de los dioses. De los niños.

Jaime Alfonso Sandoval ha dicho que gusta de construir sus obras en torno de un eje de ideas. Si los diálogos de Platón respiran a través de su República Mutante (Ediciones SM, Premio Gran Angular 2002), es la esotérica y decimonónica Teosofía la que tiende su red bajo el texto –siempre humorista y ligero- de La Ciudad de las Esfinges.

Madame Blavatsky, la carismática líder de la doctrina, es mencionada repetidas veces en la novela. Si la Teosofía es la búsqueda de la sabiduría divina, en el entendido de que cada civilización, cada manera de ser en el mundo tiene una porción de la verdad, el viaje extraordinario de los hermanos Astorga es también un viaje iniciático desde el egoísmo de la pasión cinegética y el antropocentrismo representado por el cazador occidental hacia la tolerancia y el respeto a todas las formas de vida.

Narración plagada de hallazgos afortunados, tanto en la historia como en el lenguaje, La Ciudad de las Esfinges tiene el no sé qué invocado por algunos nostálgicos cuando añoran las obras de literatura juvenil del pasado. Pero Jaime Alfonso Sandoval escribe para jóvenes lectores del presente, que se ven envueltos, gustosos y equipados, desde la primera línea de la novela, en un inolvidable viaje extraordinario.