22 oct. 2009

Peligro en la aldea de las letras, la autoedición reconocida



Me acaba de llamar por teléfono mi amiga, la escritora María Eugenia Mendoza Arrubarrena para darme la mejor de las noticias. Su libro Peligro en la Aldea de las Letras, la cuidadísima edición de autora que hizo en 2007, acaba de ser seleccionado por la Secretaría de Educación Pública para formar parte de las Bibliotecas de Aula 2010-2011.

Escribir un libro es un gran logro. Ganar un concurso literario es un gran gusto. Autoeditarse es un acto de valentía. Es atreverse a soñar completo el propio sueño.

En la edición más restringida del Programa de Bibliotecas de Aula, cuando la selección se ha limitado a pocos libros y se han acotado los temas, el libro de María Eugenia se impuso por su calidad, su pertinencia.

En julio 2008, presentamos Peligro en la Aldea de las Letras, además de su autora, Cristina Barros, José Luis Curiel, mi admirado Juan Tonda -científico y hondo y reservado poeta- y yo. Fue una fiesta animada con sones jarochos.

Copio unos párrafos de lo que dije entonces, cuando María Eugenia me dio la oportunidad de compartir con ella este sueño, esta fe:


María Eugenia abre una puerta en este libro y además nos provee de un puente y de un peligro. La puerta nos lleva, junto con Hilaria, la niña protagonista, a la Aldea de las Letras, el increíble lugar donde se fabrican las letras con las que expresamos por escrito las palabras del idioma. Y todo toma el color de la aurora –como en el verso de Paul Eluard-. Te sientes en un mundo vivo por encima de los trajines del devenir, de la cotidianeidad, en el reino de los colores primeros, como el de aquella canción francesa: el azul de los libros de imágenes.


La lectura de este libro nos hace sensibles a nuestro papel de creadores de lenguaje, de guardianes, de defensores, de responsables de su belleza. Y lo más estremecedor es que Peligro en la Aldea de las Letras está dirigido a los niños. Porque los niños son los principales creadores, guardianes, defensores y responsables de la juventud eterna de la lengua. Porque los niños nos enseñan a tener hambre de vida, a creer en los concursos –aquí encontrarán un apasionante concurso de ortografía- a descifrar signos premonitorios como si se tratara de letras –también encontrarán una adivinadora-.

Los niños nos enseñan no a soñar, porque todos soñamos, sino a creer en nuestros sueños, los niños nos enseñan a tener fe. Fe poética. La misma que nos lleva al infierno, al purgatorio, al paraíso con Dante; a la cueva de Montesinos con Don Quijote, a Liliput con Lemuel Gulliver. De todos esos lugares regresamos transformados. En todos esos libros, al cerrarlos, hemos experimentado que nuestro ser ha crecido, se ha expandido. Lo mismo, queridos futuros lectores de este libro, ocurre después de haber estado en la Aldea de las Letras.

También me gusta mucho comparar algunos libros con la botella que tiene un genio encerrado. Sólo sale para quien sabe abrirlo y en muchos casos hay que decir la palabra mágica. Pues este libro se trata precisamente de palabras. De palabras mágicas. ¿Todas las palabras son mágicas? Para los grandes escritores y en los grandes escritores toda palabra es mágica. María Eugenia Mendoza Arrubarrena lo demuestra con creces en Peligro en la Aldea de las Letras.