7 feb. 2010

El Pasado, la Memoria, la Inmortalidad



De Empédocles
Me he liberado para siempre de la muerte porque en verdad les digo que para las criaturas mortales no hay comienzo ni fin, sino ciclos de metamorfosis.

También retengo la sabiduría de todo lo que ustedes han olvidado en sus sucesivos renacimientos. Exiliado y vagabundo, he sido un joven y una muchacha, un arbusto y un ave, un mudo pez en el mar...

De Pitágoras
Viví en los años de la guerra de Troya y mis rasgos eran los de Euforbo, muerto en batalla bajo el golpe certero del rubio Menelao. También me llamé Etálido y conservé a lo largo de muchas vidas y muchas muertes la inalterable memoria...

La anámnesis, el viaje a través del recuerdo hasta el origen del recordar implica una tensión terrible de las fuerzas del espíritu. Platón dijo que era una concentración del alma, que al partir de todos los puntos del cuerpo, viene a recogerse en ella misma para encontrarse pura y sin mezcla, separada del cuerpo con el que se encuentra mezclada.

Empédocles, Pitágoras, Platón, construyen tres entonaciones diversas sobre una misma tradición que tiene su origen en las prácticas de los Magos. Empédocles habla del diafragma como órgano corporal y como actividad psíquica, y lo llama prapides: su tensión rige la respiración y con ella la posibilidad de remontar el río de las vidas hasta el lago de la Memoria.

Los ejercicios respiratorios de los pitagóricos serian fósiles del control respiratorio de los Magos: permiten al alma concentrarse para liberarse del cuerpo y viajar, por ejemplo, al pasado, no a una cadena de sucesos sino a su origen. No al encuentro de un viejo canoso y encorvado y sus temblorosos recuerdos sino de la juventud suprema, oro en la piel, brillo en los ojos, cabellera leonada de la Diosa Memoria.

La llegada a la fuente del devenir individual es la transformación radical de la experiencia temporal.

Y su Memoria es la liberación definitiva de la muerte.

Por eso Empédocles se vivió inmortal al recordar su ser de pez mudo y Pitágoras reconoció en un arcaico escudo en forma de ocho al que muchos siglos atrás no pudo preservar su garganta de la pica de Menelao, cuando se llamaba Euforbo y era hijo de Panto y hábil lancero.

Sobre Jean Pierre Vernant. Aspects mythiques de la mémoire et du temps.