25 feb. 2010

Conan Doyle y el futuro


Cuando Sir Arthur Conan Doyle escribió El sabueso de los Baskerville, Sherlock Holmes ya había muerto.

Se había despeñado por unas cataratas, en nombre de la vocación de novelista histórico de su autor, a la que estaba ahogando con su lógica, su pasión por las sorpresas, su sangre fría, su saber de los 75 perfumes que se conocen, de la diferencia de caracteres de imprenta entre el Leeds Mercury y el Western Morning News y la lealtad a toda prueba del doctor Watson.

Pero Conan Doyle tiene la historia -se la ha obsequiado el joven periodista Bertram Fletcher Robinson, a quien dedicará el libro-, el asesino (un pariente lejano de los Baskerville que se ha cambiado el nombre), los asesinados, el criado de confianza, un nombre para la bella criolla y la lógica ya le ha dibujado sus coreografías. Le falta el protagonista y es entonces que decide retroceder cronológicamente en la historia de Sherlock Holmes para que sea éste quien despeje el enigma del sabueso infernal de los Baskerville.

Una vez resuelto el caso, Watson le señala lo que percibe es un cabo suelto: ¿cómo pensaba reclamar la herencia el asesino si se había cambiado el nombre?

Se trata de un problema muy arduo y temo que espera usted demasiado al pedirme que lo solucione. El pasado y el presente se hallan dentro del campo de mis investigaciones, pero lo que una persona vaya a hacer en el futuro, es algo muy difícil de prever.

Para poder escribir esta novela con Holmes como protagonista, Conan Doyle tuvo que caminar hacia atrás en la línea del tiempo que, demiurgo inocente, había asignado a su detective. En este itinerario, el tiempo se hizo Sherlock, y El sabueso de los Baskerville se escribió desde algo muy difícil de prever… como su futuro.