22 dic. 2008

Pasión por Teotihuacan


Pasión por Teotihuacan...

Pasión por los dioses de las pirámides, por el complejo símbolo constituido por el jaguar, la serpiente y el quetzal, cuya traducción en piedra y en pintura asombra a los contempladores modernos; pasión por el mito cosmogónico de la creación del Sol y la Luna, que según los relatos aztecas tuvo lugar en Teotihuacan, pasión por la misteriosa figura que preside el mural de Tepantitla, que por muchos ha sido identificada como Tláloc y a la que he soñado como La Diosa de Espaldas...

Hoy por hoy, Teotihuacan es un iceberg de secretos. Atisbamos la punta, pero el cuerpo voluminoso de su significado permanece oculto bajo las tierras de labranza, fragmentado entre raíces, perdido en la memoria, que no alcanza para tanto.

Teotihuacan es sin lugar a duda terreno de la arqueología.

Pero también es el hogar de miles de mexicanos que habitan en los pueblos que cercan el centro ceremonial como el metal de un anillo a la piedra preciosa.

Piedra de jade, es verdad. Inefable serpiente de rumores verdes. Canoso Quetzalcóatl de soberbia geometría que nos empequeñece e intriga.

Es un iceberg de secretos que accede a revelarse.

Poco a poco, a gotas de tiempo, los gigantes llamados pirámides del Sol y de la Luna descubren su verdadero rostro, develan sus divinidades y hacen imaginar el ingenio, el tesón, la voluntad y la ciencia del pueblo que las levantó.

El rostro que aparece es multiforme.

Habla de una tersa visión del mundo concebida en los cuatro rumbos del Universo, espejo de los cuales era Teotihuacan.

Pero también revela descarnados restos del sacrificio humano, la ofrenda suprema que han practicado muchos pueblos para apaciguar o entender a la divinidad, para tratar con lo otro que se intuye poderoso, para atraer la lluvia, alejar la sequía, los terremotos, las inundaciones, los amenazantes meteoros que los astrónomos de ojo desnudo preveían -lo suponemos- en el limpio observatorio de la Ciudad de los Dioses.