19 dic. 2008

Coliseo romano: ¿regresan los gladiadores?


El emperador Vespasiano, hacia el año 70 de nuestra era, mandó que fuera construido el Anfiteatro Flavio en una especie de valle entre tres de las siete colinas: el Celio, el Esquilino y el Palatino. Nerón se había apoderado del terreno años antes para construir su egótica Domus Áurea y levantar su propio coloso.
De la gigantesca estatua neroniana obtuvo su nombre popular el Anfiteatro Flavio, para siempre Coliseo, para siempre símbolo de la Roma Imperial.
El emperador Tito concluyó el prodigio de ingeniería, la proyección en piedra del dominio romano. El medio siempre será el mensaje; en maravilla tal se presenciaron espectáculos de sangre alejados de la inteligencia de Séneca y de la luz de Virgilio. Sus túneles fueron antesala de la muerte para animales y esclavos, al fin res, al fin cosa. También se escenificaron naumaquias y y sylvas, recreando el mar y la naturaleza y a veces se combinaba la religión con la ejecución de un condenado a muerte, en una especie de teatro realista hasta el extremo.
Recientemente, Umberto Broccoli, responsable de conservación de bienes arqueológicos del ayuntamiento romano, dio a conocer el proyecto de revivir el espíritu de la Roma antigua a través de reconstrucciones virtuales y combates de verdaderos gladiadores.
No serán hasta la muerte, sino recreados en teatros, tal vez, dice Broccoli, mientras se lee un texto de Séneca en el que el filósofo, testigo de su época, habla de la vida de los gladiadores.
También habrá recreación de olores.
Dice Broccoli que 'no se debe temer la vulgaridad al relatar en nuestros días la vida de los antiguos', pues 'los gladiadores eran vulgares, sudados, apestaban y decían palabrotas'. '¿Porque no representarlos como eran en la realidad?'.
Claro, ¿por qué no?
¿Y por qué no destinar tanto ingenio del ayuntamiento romano a revivir lo mejor del espíritu de la Roma antigua, la Eneida, por ejemplo?
Tal vez por la misma razón de que esa maravilla arquitectónica e ingenieril haya servido para regodear a la plebe en la sangre, en el sudor, en las palabrotas y la desnudez de la agonía del indefenso.
Nerón aplaudiría la idea.