29 nov. 2008

El Rutinero de Níger Madrigal, el Rutinero de María Wernicke



En este libro hay una llave.
Una pequeña e inmensa llave para abrir tal vez un cofre o un baúl, tal vez un corazón.
Una vuelta sutil y por una cerradura de papel de seda se introduce en la existencia una poderosa ensoñación poética, simple como la luna, inocente como el mar, niña de soledades rotundas, frutos que alimentan con el fuego y el asombro nuestra noche.

Níger Madrigal entrega en sus cuatro rutas el privilegio de su nacencia: Tabasco, la selva profunda, el árbol con frutos de fuego, las nubes impetuosas, el agua tan presente que, para Níger como para Alberti escrito en tinta azul, de azul Tabasco homenajeado, el mar es la mar... y tiene fuego.

Estas cuatro rutas del Rutinero huelen a paraíso, saben a mirada clara, hacen conocer una existencia sin límites con el árbol y su fruto de fuego, con el mar y su bostezo, con la mirada pequeña fundida en la mirada de la madre mientras contemplan y comprenden sin decirlo el misterio de la noche:

Mi madre y yo vimos un huerto en la luna;
con los frutos más hermosos se alimentaba la noche.


¿Cómo puede navegar el arcoiris en una barca que abarcaba el cielo?
¿Cómo pueden andar los árboles por el cielo y las nubes caer como elefantes en el mar?
¿Y cómo no?
Si la llave tenue del Rutinero ha dado una vuelta en la cerradura de mi corazón y me ha hecho conocer o recordar la existencia sin límites de la infancia, su belleza, siempre en mí, siempre en el mundo, añorada y recobrada gloria del vivir.

Este libro que tiene una llave que me ha abierto el corazón es un libro ilustrado. Poéticamente ilustrado por un hada.

Ella se llama María Wernicke, es argentina y ha usado, claro está, los materiales que usan las hadas.
Viene de puntillas, habla en el susurro del papel de seda, puede respirar bajo el agua, hacerse pez y ola y ha atraído a este libro esencias y aromas de su mundo encantado.

Sabe dialogar con el silencio y con la blanca página silente que hace alumbrar sueños.

Posee el don de la condensación poética -otra cosa de hadas- y en dos trazos minúsculos otorga expresiones infinitas al rostro de su personaje.

Los animales -la iguana, el mico, el pavo real, la libélula restituida a su condición de liber, de libro, el flexible y vertiginoso colibrí- están aprehendidos en su esencia, en su contento vital, en su paz.

Podría jurar que hay menta y albahaca espolvoreadas entre las hojas, que algo de la luz depositada por una garza traslúcida se quedó atrapada en la página y deslumbra cuando la abres, que la pata de la iguana golosa de sueño se mueve y desliza fuera del libro para volver trópico verde el lugar donde la lleve su Rutinero.

También hay un hechizo -que no diré porque tiene que ser descubierto- en la solución plástica con que María ata y desata las cuatro rutas del Rutinero de Níger, de los dos Rutinero.
Rutinero mío.
Nuestro Rutinero.


Rutinero de Níger Madrigal. Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2007. Ilustraciones de María Wernicke. Edición del Fondo de Cultura Económica y la Fundación para las Letras Mexicanas. Dirige la colección: Miriam Martínez. Edición: Carlos Tejada. Diseño gráfico: Gabriela Martínez Nava. México, 2008.