6 nov. 2008

Diónisos en el Museo de Pérgamo de Berlín




El Museo de Pérgamo de Berlín alberga una muestra en torno a la figura del dios Diónisos. Su leyenda es compleja, su iconografìa multiforme. Su historia se enreda como las hojas de la vid, se escribe en la faz del mundo a través de los milenios en que el cultivo de la uva se difundió del mar Negro a Palestina, a Libia, a Creta, a Grecia; a la India, a Persia y a las islas Británicas por la ruta del ámbar de la edad de bronce.

"La metamorfosis y el éxtasis" es el atinadísimo nombre de la muestra con que el Museo de Pérgamo inicia una nueva etapa después de su remodelación. Qué mejor que invocar a la deidad protectora de Pérgamo, la misteriosa ciudad de los reyes atálidas en la que el alemán Karl Humann excavó el altar de Zeus para transportar sus alucinantes frisos a Berlín.

Dios de las metamorfosis, numen del éxtasis, Diónisos tuvo buena amistad con el viejo Proteo en la isla de Faros y al igual que él, se manifestaba como león, toro y serpiente.

En invierno nacía como una serpiente -de ahí las sierpes de su tocado; en primavera se transformaba en león y en el estío era muerto y devorado como un toro. Uno de los nombres sagrados del vino es precisamente el nombre del toro.

Negro y rojo, ritual antiquísimo que se sigue representando en las plazas de toros.
Rojo de Diónisos sobre el rostro del rey sagrado, rojo para el rostro de los generales romanos victoriosos.
Deidad persistente, siempre extranjero, hijo de Sémele y Zeus, esposo de Ariadna, enloquecedor de Agave, asesina de su hijo Penteo.
Diónisos de las metamorfosis y del éxtasis.
Dios humano, demasiado humano...