12 jun. 2008

Dante, Kipling, Borges...


"Quien no sabe callar no sabe amar."
(Andreas Cappelanus. Liber de Arte Amandi)

El amor que Dante padeció por Beatriz fue un puro existente. Una vez la vio, quizás dos y en el cruce de miradas que el pintor prerrafaelista Henry Holiday nos niega, el poeta se sumergió en la experiencia mística que después ocultará, develando, en su Comedia:

"A l'alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e 'l velle,
sì come rota ch'igualmente è mossa,
l'amor che move il sole e l'altre stelle".

A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;
mas ya giraba mi deseo y mi voluntad,
así como rueda que es igualmente movida,
el amor que mueve el sol y las otras estrellas.

(Dante Alighieri. Divina Comedia)

Beatriz alegoría es una petrificación de lo inefable experimentado por Dante. Las mismas palabras de la Comedia, aladas, cristalinas, son ancla, son piedra comparadas con la experiencia de la que fue digno y que según su propio comienzo, lo sorprendió nel mezzo del cammin... Dante vio a Beatriz con los ojos del cuerpo que en el instante eterno de esa mirada se le convirtieron en los ojos con que el Alma mira.

La interpretación de Delacroix de ese nunc instans ya Paradiso es, claro, una pupila:



Dante no tiene prisa por regresar porque Beatriz ya no es de este mundo. Pero siglos después, Rudyard Kipling describe el alma enamorada del lama Teshu, el alto anciano que encuentra el río de la leyenda del Buda, alcanza la iluminación y se apresura a regresar para encontrarse con su bienamado.

"...mi alma quedó libre y remontándose como un águila, vio que no existía ni el lama Teshu ni ninguna otra alma. Como una gota se dirige hacia el agua, así mi alma se acercó a la gran alma que está más allá de todas las cosas. En ese momento, elevado gracias a la contemplación, vi toda la India, desde Ceilán en el mar hasta las montañas, y también mis rocas pintadas en Such-zen... Los vi al mismo tiempo y en el mismo sitio; porque estaban dentro del alma. Por eso supe que el alma había pasado más allá de la ilusión del tiempo y del espacio y de las cosas. Por eso supe que había alcanzado la libertad... ¡Justa es la rueda! ¡Segura es nuestra liberación! ¡Ven!"
(Rudyard Kipling. Kim)

Tal vez más enamorado de la plenitud que de Beatriz Viterbo, Borges accede a la visión del Aleph. Peregrino de los otros textos describe su hallazgo sin fundirse en él y al incorporarse de su posición de vidente, lo niega. ¿Un falso Aleph...?

"El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena...
...Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad..."

(Jorge Luis Borges. El Aleph)

Alcanzar la plenitud, fundirse con esa entidad ilimitada y pura, se revela como un don del instante.
Lo ha disparado el amor, se la ha entregado la mirada.
Ha ocurrido. La memoria lo reclama, lo vuelve a llamar, lo canta...
El Arno fluye. Beatriz se prende en la mirada infinita. Dante asiente desde un trono de melancolía.
Y en ese instante en el que falta la fantasía el alma se acoge ¡para siempre! al silencio inagotable y luminoso de quienes saben amar porque callan.