5 nov. 2010

A la infancia feliz, de Aurelio González Ovies



Niños, niños de todos los puntos / cardinales, queridos niños, / niños desde la mar hasta el desierto: / nacer es tan difícil / que casi es hasta extraño. / Sucede que / no entiendo, / -por más que sumo y resto/ divido y multiplico-, / no logro descifrar esa regla de tres / que llaman sufrimiento; ese dragón infame, / cobarde, malo, indigno, / que apaga con sus garras la luz de vuestro gesto / y apenas os permite ser apenas felices, / feliz como ya nunca / se vuelve nunca a ser / como cuando uno es niño.

Ser feliz debería caminarse en el suelo, / cogerse en una flor, tocarse en los membrillos. / Ser feliz debería caernos de la luz, / comerse en las cerezas, / en las gomas de nata y en los azucarillos. / Pero nos empeñamos en hacerlo difícil, / y no siempre es difícil lo hermoso por sencillo; / bien sencilla es la luna, bien hermoso es un pétalo, / bien sonora la brisa y el canto del jilguero. / Preciosa la niñez de cuerpos tan chiquillos. / Radiante la mirada vuestra de ojos crédulos. / Ser feliz debería ser una obligación, / un derecho, una ley sin frío, / sin faltas de ortografía, / sin dragones ni enanitos.

No sé quiénes manejan las riendas del negocio. / Ni cuántos miserables respaldan la miseria para su beneficio. / No entiendo por qué faltan en un mundo / tan rico, / pan, agua y esperanza, una naranja, un techo, / un plato de ilusiones, un vaso de cariño, / una inyección de amor, una cama o un sueño. / Porque soñar es bueno, y nunca más se sueña / como cuando uno es niño. / Pues es cuando se sueña / que los árboles hablan idiomas vegetales, / que el miedo se enamora y lloran los planetas / y que los reyes brillan por ser tan bondadosos / y que la tierra gira porque tragó una rueda / y que cuando se muere nos suben a un castillo / y que cada camino siempre lleva a una puerta / y que la soledad ya no pone más huevos / porque nosotros mismos le rompemos el nido.

No entiendo cómo pueden borrarnos la sonrisa, / si nunca más se vuelve a sonreír tan limpio. / No entiendo por qué muchos andáis en esqueleto. / No entiendo por qué algunos recitáis el dolor / antes de percibir el propio entendimiento. / Ni entiendo que os enseñen a apretar el gatillo / en vez de acostumbraros a disparar con besos. / No entiendo por qué causa vociferáis la sed / mientras llueven las nubes y descienden los ríos / y aumentan los océanos. / No entiendo que nos sobren tantas comodidades / y haya tantos aprietos.

No me salen las cuentas / -por más que multiplico, divido / y sumo y resto-.

No puedo comprenderlo / aunque sí me lo explico: / ser mayor es tan fácil que puede / ser ridículo, / y a veces se es muy torpe por ser tan exquisito / y a veces se es muy pobre por exceso de excesos / y de tanto tener no tenemos ni alma / y de tanto poseer no poseemos conciencia / y de tanto abarcar ya no abrazamos nada / y de ambicionar tanto nos fallan los principios.

Niños, / el mundo ha de cambiar; / confío en esta gente que vive por vosotros, / confío en vuestro impulso más capaz que el del viento, / confío en los payasos y sus equilibrismos, / confío en los gigantes de vuestros dedos tiernos / y en una libertad para las marionetas / y en una humanidad sin débiles ni altivos / y en los lobos feroces que escapan de los cuentos.

No entiendo, / como oyen ustedes, / muchas cosas, pero / confío, / sí, / soy hombre y / como ustedes, confío.