24 mar. 2010

La palabra de Aurelio González Ovies



Una sola palabra puede ser tan profunda como un pozo y ayudarnos a descender a ese lugar claro donde están en vivo almacén las imágenes primeras, las de la honda infancia, las del primer contacto con el ser.

Todas las palabras en las manos del poeta asturiano Aurelio González Ovies adquieren -o recuperan- esa condición. Su poesía es auroral, con la fuerza, el dolor y la sangre que la Aurora azafranada necesita para romper la oscuridad.

Asombro heroico el de González Ovies, por todo lo vivo y por todo lo inerte, por todos los sonidos y todos los silencios, los gestos todos y todos los dolores.

El verso de este poeta tiene un ritmo caminante. Su palabra está en camino y al decirse se siente que se dice todo... porque es una palabra que ha escuchado todo y que con todo ha padecido. Es una palabra ocelada de tristeza, sufriente y honda niña de los asombros, que no deja de mirarte, con los pies sumergidos en un manantial de agua viva.

Es una palabra muy joven y muy vieja, tan palabra que se introduce en la memoria sin escollos ni esfuerzo alguno de aprendizaje, porque es como los cuentos que crepita la lumbre y susurra el agua, la dulce lengua de los hombres antes de Babel.

La palabra hace al mundo. Una palabra puede dar ganas de vivir al moribundo. La palabra alumbra al hombre, lo hace nacer. En sus metáforas vuelve a engarzarse la realidad como la rosa en sus espinas. Pero esas espinas y esa rosa, para teñirse con los colores de la vida, necesitan un ruiseñor dispuesto a desangrarse, lento y doloroso, desde el corazón.

Y de esa disposición y ese sacrificio, ese heroísmo y ese dolor la palabra tiene sed.
Los huele desde lejos.
Los sale a buscar.
La palabra reconoce a su poeta.
Y ávida bebe...