15 mar. 2010

La hija de Cicerón



Ataviada como para asistir a una fiesta en un jardín romano, los cabellos rubios, pensamientos casi audibles bajo las cejas, perlas en la garganta, sandalias de plata en los pies delicados, bella durmiente en un líquido misterioso, en el que parecía flotar, suspendida en el tiempo.

Quienes la encontraron, a golpes de pala y pico, dejaron de respirar, convencidos que la antigüedad brotaba de la tierra para recuperar su suelo sembrado de cruces y volver a sonreír sobre el luto obligado y los cilicios.

La llamaron "la hija de Cicerón", creyeron que su agua misteriosa era el elíxir de la inmortalidad y lo embotellaron. El Papa ordenó que la volvieran a enterrar porque era demasiado bella y muy grande la tentación de la carne del pasado, florecida de dioses y ambrosía.

Pero la orden llegó demasiado tarde: el imposible cuerpo de la belleza se había desintegrado bajo el sol de una Roma que ya no era la suya.