11 mar. 2011

Cuando la luz



Como los trozos de los grandes poemas que nos han llegado del pasado, hay un largo e inacabado texto que se dice en muchos textos. Revela urdimbres y atisbos que no le es dado al hombre conocer en el plano cotidiano y en el siglo,  abre la granada del presente y nos descubre intenciones y palabras de dioses y nos toma de la mano para llevarnos a la fuente fría donde el agua  arrodillada nos sonríe, al tiempo que se ata la sandalia.
El ser resplandece en su joven potencia y se levanta.
El texto lo anuncia pero no lo precede.
Es su consecuencia y su propio pretexto, su resplandor, su idea, su celebración apasionada y su pasión sangrante.
Está hecho solamente de principio, no conocerá final y su sangre es la misma que corre por las venas de la aurora.
Ha suspendido al mundo con sus desiertos y sus injusticias, con su desesperación y su abuso, en la contemplación sagrada, esa que ha ocurrido hace tantos años, cuando la luz dibujó la primera veta del mármol y creció de la tierra negra el primer olivo.
Tiene al mundo en vilo, a punto de ejercer la respiración primera, la primera mirada, el primer grito.
Ha enredado al mundo en su fina telaraña, tan tenue lo ha hecho que no lo ha sentido, y como los trozos de los grandes poemas del pasado, arde incombustible y por las grietas de su sed manan incesantes las letras de la palabra gracias.