4 abr. 2008

El Club de la Salamandra de Jaime Alfonso Sandoval


El Club de la Salamandra lo tiene todo. Aventuras, sí. Un personaje principal simpático, también. Bien administradas dosis de humor y paisajes variados.
Pero en su textura gravita algo extraño. Desplaza las casillas bajo las piezas. Instaura un abismo. Resuelve y deja dudando mientras te regresa al punto de partida: ese hospital en una isla de los mares del Sur, donde Rudolph Green comienza diciendo que sólo hay dos profesiones en extremo peligrosas: domador de serpientes e investigador científico y que desde sus cientos de heridas va a explicar por qué.

La salamandra se adapta para sobrevivir en condiciones extremas. Atrae el fuego, como los libros, pero lo soporta. Es también el nombre de una librería en la Ciudad Eterna. Es... una sospecha. También es taimada porque se ausenta en un recorrido donde el apetito por lo extraordinario hace que el monstruo cambie de formas. Huevo fétido, gusanos gigantes, ingente anémona... peculiar geografía que el narrador filtra desde el ojo de la ciencia a la palabra del poeta, porque los abismos rugen su caos para ser deletreados por la palabra del hombre.

A más de diez años de ser publicada por un entonces muy joven autor, la novela madura dentro de sus páginas a lectores crecidos en ellas. Lectores que vuelven y se dan un golpe en la frente por no haberse dado cuenta hace diez años que Jaime Alfonso Sandoval logró en esta novela una de las paradojas borgianas: el libro y el contralibro en un solo volumen. La ciencia y la anticiencia igualmente justificadas, rotundamente existentes, ambas en dos mundos con sendos soles, una en la superficie y la otra submarina, subterránea, pluscuanverniana y cuyo rumor sigo escuchando cuando escribo estas líneas.

El Club de la Salamandra está publicada por Ediciones SM en su colección Gran Angular.