1 oct. 2008

El bosque de Dafne

Dafne y Apolo por John William Waterhouse

Si quisierais contemplar las lágrimas de Dafne sólo tenéis que romper el brote de una rama de laurel..., y morir. (Lewis Wallace)

El épico, reflexivo y siempre puntual Lewis Wallace, en su monumental Ben-Hur: A tale of the Christ recrea el bosque de Dafne en Antioquía, uno de los santuarios al aire libre más notables del Helenismo.

Admirablemente descrito, es enjuiciado con severidad por el inflexible militar de la guerra de Secesión y gobernador de Nuevo México: "es preferible una ley sin amor al amor sin ley".
Dos mil años de culpa judeocristiana nublaron la visión poética de Wallace; su puritanismo le impedía dejarse seducir por Dafne, pero incluyó su bosque en el libro, instaurando sin querer su abismo delicioso.

Uno de los más grandes destructores de todos los tiempos, Teodosio el Grande, en su fiebre antipagana del siglo IV mandó acabar con el bosquecillo de Dafne. Entonces sí se escuchó el ronco grito de ¡Pan ha muerto! y ninfas y hamadríadas y náyades y centauros se hicieron polvo fino, viajero en rayos de sol, espuma de las olas...

Es imposible cercenar un arquetipo. Es flor de la psiquis. En el bosque de Dafne de los adentros la tensión por lo imposible encuentra paz entre terebintos y sicómoros.

Es de laurel la sombra
que detiene tu huida
(¡ya no huyas,
eres tan bello!)
en la quietud,
sí amorosa,
del instante eterno.