1 may. 2018

Vengo del Norte en el Cabo Peñas



Pocos días antes de llegar a Asturias un lunes de abril de 2018, yo había bordeado la mágica Galicia hasta llegar al Finisterre. Atestigüé el amanecer desde el Cabo Nerio y la experiencia fue de alto contenido espiritual.  Había llegado al final del camino del Sol para tantos pueblos, al lugar donde el peregrino de Santiago puede recoger el conocimiento trascendente, pues se lo ha ganado. Fin de la tierra, principio de la eternidad.

Para mí, sin embargo,  el fin de la tierra por excelencia es el Cabo Peñas.
Para mí, lo confieso,  el Camino no es el del Hijo del Trueno, sino el too Norte de Aurelio González Ovies.
Desde hace años calculaba cuándo y cómo podría llegar al Norte en punto y realizar, también para mí, los paisajes y sensaciones avistados en los versos.
Como si de un cuento se tratara o de una medieval leyenda, en este viaje a Asturias y gracias a María de Jesús, hermana del poeta, (Chusa de las dedicatorias de los versos) pude en un solo día milagroso caminar sobre poemas.

Luanco y el Instituto en el que estudiaron los hermanos, donde fuimos con la señora Blanquita, que envió un beso cariñoso a Aurelio. Luanco marinero,  donde pude ver la banca con los versos del mar; la playa de Llumeres, la mina, la vieja mina, invisibles sus amapolas. Viodo y el cementerio, más cielo que tierra, más Luz que sombra. El Cabo, ¡el Cabu Peñes!, las olas rompiendo, la Herbosa soñando. Bañugues, la casa y el magnolio, invisible la cal de las paredes, la araña de la puerta, los aviones y su estela. Fabio a lo mejor serás un príncipe muchacho, Ana con todos sus versos sin número, el resplandeciente mar avistado desde la infancia o la eternidad, los gitanos recogiendo caracoles (¿será esta la estación que menciona el poeta en Entre lirios?), la mar de nuevo, en femenino, como es en Asturias y como es esta tierra, desde mis ojos convertida en poema por la palabra de Aurelio, Tierra Santa en el nombre del verso y santa tierra gracias a una de las más hondas, dolorosas y sublimes sensibilidades humanas que hayan brotado en este jardín nuestro que podemos llamar mundo o vida, presente o realidad. 

Vida y jardín, realidad o mundo que puede ser y es terriblemente hermoso y fiero, pero que hecho verbo, hecho verso es Evangelio, buena nueva verde y marinera, palabra Vengo del Norte que renueva la humanidad y que resuena silenciosa en todos esos espacios que, por un solo día milagroso, para mí fueron El Poema.

María García Esperón

Luanco, el Instituto...


Dame tus manos mar. Oríllame a tus alas...

Las manos de María de Jesús, collares de flores, recuerdos de infancia






Viodo, el cementerio


Vengo del Norte frente al mar

La Casa, el Magnolio, el Libro