26 ene. 2008

El silencio de Ygraine


Los bardos celtas recibían sus enseñanzas durante varios años en lugares de retiro y de silencio. De oscuridad. El arte de la composición se enseñaba en cámaras bajas, sin ventanas, sin luz. Ahí aprendían las genealogías, la historia, la descripción de su brumoso país. Ahí entreveían las sombras de los mensajes verdaderos.
Hace veinte años leí ese libro de John Steinbeck, The acts of King Arthur and his noble knights y uno de los primeros pasajes me sumergió en un misterio que quizá nunca entienda, pero que me acosa.
No es más que el tema del doble. Uther Pendragon desea a lady Ygraine, fiel a su marido Gorlois, y arregla con el druídico Merlin que le permita poseerla bajo la figura del esposo, lograda con la magia de quien vivía el tiempo al revés. Uther Pendragon cumple su deseo en el castillo de Tintagel. Esa noche el guerrero y la esposa de un muerto engendran a Arturo. Porque esa misma noche muere Gorlois en una batalla.
Cuando lady Ygraine se entera de la muerte del esposo y casi al tiempo en que se sabe embarazada y a punto de contraer matrimonio con Uther Pendragon, no dice nada porque era una mujer prudente.
El silencio de Ygraine y esa frase son, en la terriblemente hermosa versión de Steinbeck, un don de la oscuridad, una planta, una flor con su raíz en ese otro lado que entreveían los bardos celtas cuando recibían sus enseñanzas en lugares de retiro y de silencio.