23 feb. 2016

Santiago Montobbio: Sobre el cielo imposible


El lirio ha de ser mañana y esperanza. El hombre 
ha de ser lirio.
(Santiago Montobbio. Sobre el cielo imposible)


Escribe desde un profundo amor. Y ha descubierto que escribe sobre el cielo imposible.
En nuestras manos ya, en edición de El Bardo, la cuarta entrega de la serie que comenzó con La poesía es un fondo de agua marina para seguir con Los soles por las noches esparcidos, Hasta el final camina el canto y ascender por los versos de 942 poemas Sobre el cielo imposible.

Insólito. Santiago Montobbio es un poeta insólito, aunque nos enteremos en el poema 881 que le dicen que aunque escriba así, es una persona muy normal. Una persona muy normal que alumbró en pocos meses casi un millar de poemas, en que vivió cada instante en la dimensión sagrada de la creación, que hizo de los días poemas y que pensó en verso la intensidad del tiempo.

Vivir en verdad, escribir en el cielo. Porque la verdad de los hombres es la poesía, dice Santiago en el prólogo del cuarto libro que culmina lo que a todos parece una hazaña menos a él, que se confiesa canto rodado en esa agua que es el poema y que arrastra las palabras y las pule como esplendorosos guijarros. Santiago que canta a los lirios y que se reconoce como lirio, que escribe desde ese amor profundo y que nos revela en los últimos versos con una sinceridad que nos lacera que el amor con nombre de persona lo ha dejado, que no lo ha querido, que le ha cerrado la puerta:

"He vuelto a escribir, pero también regalaría esos poemas, preferiría que no hubieran nacido, y que tú me hubieras querido. Preferiría amor y no una urgente, explosiva, torrencial respuesta al silencio ante ese amor. A la distancia y a la ausencia. El amor me ha hecho volver a la poesía pero también me ha arrasado. Años solos, años puros, años duros. Sobre un amor perdido. Sobre tu nombre roto y que casi no digo. Así estos poemas han nacido y así te los regalaría, si los quisieras, si sirvieran de algo". (881)

Sobre el cielo imposible nos arrastra en su místico fervor, nos convence de su realidad tan honda y tan alta, del fondo del mar a las profundidades del cielo, nos revela la estructura misteriosa de las cosas, su poética relojería, los misterios del hombre. Por eso la poesía de Santiago nos empuja, nos lleva de un poema a otro, nos toma por completo, nos despierta, interpela y emociona y nos abre los ojos ante la belleza infinita de la soledad, del dolor, de la oscuridad, de la noche. Insistiendo en nuestro ser para la muerte nos embriaga de vida: "Vivir, vivir, vivir: solo quiero vivir", dice en el vehemente poema 854. Dejándonos como él ha estado, "a la intemperie del amor", nos hace el regalo de sentir y comprender la condición humana. Es el amor, siempre el amor el que permea esta obra ya monumental. "Para un amor profundo no hay olvido". Es el amor y es el temblor, como afirma también en el prólogo: "un temblor que de lo más antiguo y secreto viene, del fondo del mar y los soles de la noche". ¿Cómo no temblar ante tanta belleza, ante tanto misterio, ante tanto y tanto amor como el de todos estos versos?

Temblor. Como el que agita las aguas del mar eterno. Como el que se prende de nuestro corazón en el alba, la hora preciada del poeta. Como el que nos acomete cuando nos encontramos ante la posibilidad de la muerte, ante la posibilidad del amor. Y al descubrir que todo esto, mar y alba, amor y muerte son la vida misma y que Santiago Montobbio la ha experimentado en su más alto registro y que así lo transmite, nosotros, hombres y mujeres que hemos leído esta poesía, temblamos. De miedo, de amor, de rutilante libertad. Y quizá, en segundos privilegiados, nos descubramos como lirios o como poemas. Humanos poemas temblorosos y escritos sobre el cielo imposible.

María García Esperón