En un sueño de palabras...

Nada detiene a Carlos Marianidis

14 nov 2015
Ana Laura Delgado y la ilustradora Adriana Campos presentaron Nada detiene a las golondrinas en la FILIJ


Me une al escritor argentino Carlos Marianidis una larga y profunda amistad literaria que dio inicio en diciembre 2006 cuando él se puso en contacto conmigo a propósito del Premio Latinoamericano de Literatura Juvenil Fundalectura. Desde entonces, no hemos dejado de compartir letras y vida a través de Internet y ahora tengo la oportunidad de presentar su novela Nada detiene a las golondrinas en la exquisita edición de El Naranjo, ilustrada por Adriana Campos.

Nada detiene a las golondrinas es un joven clásico latinoamericano. Merecedora del exigente Premio Casa de las Américas en 2002, se posó en la isla de Cuba con una propuesta que unánime levantó al jurado a su favor, entre ellos al escritor Enrique Pérez Díaz, que quedó subyugado por la calidad literaria de la novela del argentino. En la isla la novela conquistó a muchísimos lectores y ha sido objeto de tesis y ensayos que se maravillan ante ella y destacan su originalidad al abordar el difícil tema del despertar a la sexualidad y el lenguaje cristalino, resplandeciente, que roza lo poético y que fluye con la naturalidad y encanto que solo poseen los grandes escritores.

Porque Carlos es un grandísimo escritor. Es un hombre muy alto que muestra en sus rasgos físicos su ascendencia griega y altas son sus letras que han salido a pelear la guerra de Troya por una literatura infantil y juvenil de calidad, que no haga concesiones a la facilidad y que, como alguna vez me dijo en una carta, iguale a los lectores hacia arriba, reúna fuerzas en ascenso que hagan crecer la sensibilidad, la inteligencia, las aspiraciones de los lectores.

Café y letras
Carlos Marianidis es un hombre comprometido con la infancia. También posee un agudo sentido social y en su quehacer siempre se solidariza con las causas mejores. Está convencido que la pluma y la palabra son más poderosos que las espadas y los golpes. Nada detiene a Carlos Marianidis. Nunca deja pasar una injusticia, la detiene, la cuestiona, escribe, reflexiona y hace reflexionar. Una de sus más recientes novelas, Prohibido soñar, ha tocado el corazón de Argentina por ser testimonio de las vivencias de la infancia en la época de la dictadura. En sus palabras: “Pero no hablo de los grandes detalles que se pueden leer en cualquier buen libro de Historia. Me refiero a pequeñas cosas que nos marcaron a los que crecimos en aquellos días difíciles, cuando estaba prohibido soñar”.  
Las letras de Carlos han estado no solamente cerca de nuestro país, sino dentro, desde hace muchos años. Ha colaborado con el Instituto Latinoamericano de Televisión Educativa, aportando sus textos, cuentos y poemas, además de su disposición para dialogar y entablar correspondencia con los niños que a través de este medio lo leían.

Nunca deja de responder un mensaje que algún pequeño o joven lector le envían a través de Internet. Gusta además de tener correspondencia con sus amigos escritores y disfruta de cada letra que traza y envía y de cada letras que recibe y que lee. Tiene un gato blanco precioso que se llama Helios, toca el violín y es un poeta exquisito, que nos pone el alma en vuelo con la melodía incomparable de sus versos. 

Y como la mejor manera de suscitar una presencia es a través de la poesía, dejo para ustedes a Carlos Marianidis a través de estos tres poemas que reflejan sus constantes, presentes por supuesto en Nada detiene a las golondrinas: Pequeñas cosas, esas pequeñas cosas infinitas que compartimos con nuestro mejor amigo de la infancia. El pasajero, donde confiesa y honra su condición de ser puente y Si volvemos, donde se posan las golondrinas del amor, la amistad y la eternidad.

Pequeñas cosas

Lo conocí en la escuela. Nos prestamos la infancia,
el banco, los recreos, el sol del mediodía,
los vuelos del regreso a su casa, a la mía
y compartimos tardes de olímpica vagancia.

Jugar durante horas, aun cuando llovía,
mirarnos con un gesto de estudiada arrogancia,
lanzarnos mil abrojos con cruel beligerancia
y pedazos de tierra hasta que anochecía.

 Tirarnos en el suelo y sentir la fragancia
de la menta aplastada... Y ahora, a la distancia,
me pregunto por qué no guardé de algún día

un puñado de abrojos de los tantos que había,
o un trébol, o un cascote con marcas de alegría.
Era mi amigo. El resto, no tenía importancia.


El pasajero

Yo tomo del camino de otros seres
la mejor realidad para mi vida.
No ignoro el llanto ni la misma muerte,
pero le debo al alma una alegría,
o al menos la intención de estar alegre.

Otros hombres y bestias y mujeres
y pájaros se forjan con mis días
una parte –también- de sus presentes,
de modo que hay destinos que se inician
o siguen a través de mí su suerte...

Tan sensible es la red que así se hila,
que a veces el sufrir ajeno duele,
o una dicha lejana es compartida.
Y encuentro que soy puente entre mil puentes
y el mundo no es sino una roca antigua
que de infinitas formas florecidas
ha cubierto sus pliegues.

Soy en la Tierra sólo un accidente;
no más que un hongo, un ave, una bahía.
Soy una flecha altiva,
tallada en una vara humilde y fuerte,
que en el aire se quema mientras siente
que un nuevo arco espera su caída.

Si volvemos

Si después de esta vida existe un tiempo,
un lugar donde ir, otros caminos;
si volvemos a estar, pero distintos
y nos queda de hoy algún recuerdo,

tengamos algún plan para que, al vernos,
nos acerquemos sin ningún motivo.
Trataremos de darnos un indicio
para saber si somos quienes creemos.

Harás algo, si es que me ves primero,
para que no me vaya de ese sitio:
un destello, un perfume, un movimiento...

Y yo te nombraré con mil sonidos
y como un pajarillo, en cada hueco,
preguntaré si estás... e iré contigo.