17 sept. 2015

Un árbol de poesía azteca en Colombia

Foto::FCE


La mañana del 13 de septiembre de 2015 nos sorprendió en Bogotá con sus azules intensos y sus nubes con prisa. Prisa por llegar a un recinto encantado, el Centro Cultural Gabriel García Márquez que también se abrió con un abrazo a la visita de los niños.

Juan Camilo Sierra y Ricardo Castro, asistidos por Adriana se ocuparon de que los niños invitados, que cursan la educación primaria en una escuela con el nombre de México, se sintieran los protagonistas de la librería. 

Nuestro objetivo: dejar plantado un árbol de poesía azteca al término de una siembra de palabras donde poco a poco convocamos esencias mexicanas, pájaros de Tenochtitlan, incienso del Templo Mayor, el perfil de los volcanes, Teotihuacan sagrada y la leyenda del ajolote, ese Xólotl tan lejos y tan cerca del espléndido Quetzalcóatl.

Así urdimos con palabras el mundo exquisito que rodeó a Copo de Algodón, la estrella de ese día, niña tan niña como los que estaban sentados en las primeras filas, como Néstor Alejandro, el poeta de 6 años que volvió a la librería con sus padres y que conoció, como todos los demás, la flor y el canto.

Estaba nuestro árbol descubierto y expectante, ansioso por cubrirse de poemas. Habló Copo de Algodón a través de su libro para presentarse ante los niños colombianos. Y se escuchó la música de David García mientras Alejandra Ramos Henao y yo hacíamos llover los versos escritos en papel de seda.

Los pequeños atraparon al vuelo la poesía, al fin liviana, alada y sagrada, platónica del Anáhuac y algunos muy pequeños, como una niñita de 5 años, que apenas comenzaban a leer, ensayaron con aplomo la lectura de los versos. Después se dirigían al árbol para llenarlo de hojas, con una fe poética que a todos se nos prendió en el alma.

Foto::FCE



¡Son verdaderos los corazones de nuestros amigos! Sonreía el poeta azteca desde los cielos al ver a Juan Camilo, a Ricardo, a Adriana, a Alejandra, Guillermo, Michelle, Patricia... sonrisas y voluntades que nos hemos cultivado a la distancia por internet o en esa misma librería hacía dos tardes. ¡No desfallezcas, corazón mío! Solo venimos a soñar... Yo amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces... Pero amo más a mi hermano el hombre.

Si existen las mañanas perfectas, esa de seguro lo fue. Un círculo humano próximo y luminoso, muchos caminos cumplidos y el dibujo de la esperanza, intacto.

Una vez más, gracias Fondo de Cultura Económica, gracias Juan Camilo, gracias Colombia...

María García Esperón