6 jun. 2014

Corazón de plata, de Kyra Galván



Kyra Galván deja claro en su segunda novela lo que ya había planteado en la primera: que pertenece a esa estirpe de narradores que son un poco alquimistas y un mucho detectives y que saben rastrear entre las capas del tiempo los hilos de la verdad.

Corazón de plata sucede a Los indecibles pecados de Sor Juana. Temáticas completamente diferentes en las que esta escritora que también es poeta deja la marca de su genio. De su magia. Posee el poder de hablar con los muertos y de hacer hablar a los muertos. Desciende directamente de Homero, a quien cita en el epígrafe de Corazón de Plata y a quien le agradece su Odisea al final.

Transitar por sus páginas es navegar sobre las aguas de un río inteligente y vertiginoso. Navegar por el río de sus letras es convertirse en el mismo río, tan heracliteano como ella y su literatura: Somos y no somos. El pasado puede transformarse en virtud de su logos. De su genio. De su magia.

Somos la soberbia figura de William Spratling, el versátil artista norteamericano asentado en Taxco, activo paciente de destino mexicano eterno en la plata de sus diseños. Somos Vivian García-Diego, la protagonista. Somos la lánguida Jackie Kennedy y su tocayo y marido Jack, el descendiente de irlandeses que sería Presidente de Estados Unidos. Somos Diego Rivera pintando genialidades y rascándose la cabeza para saber cuánto cobrar por ellas. Somos gringos y mexicanos y suicidas y quinceañeras y homosexuales.

Y somos también curiosidad, impaciencia, morbo, virtud y pecado, lectura, al fin y al cabo. Kyra nos mantiene sobre el filo de sus letras y nos pone al borde de la revelación. De la iniciación. Olemos sangre y vislumbramos la posibilidad del amor. Hojeamos el libro y abrimos los ojos intentando recoger todas las intenciones de las letras. Estamos tomados por la narradora que, como la hábil fabuladora del sultán suspende el hilo de su relato para hacernos apetecer más vida y entrever posibilidad de muerte.

El duende, dijo García Lorca, solo aparece cuando ve posibilidad de muerte, cuando sabe que esta ronda su casa. Este de Kyra Galván es un libro enduendado, telúrico, surcado por esas energías subterráneas que nos toman desde las plantas de los pies, que nos sacuden e increpan, que nos muestran la realidad develada. Su brillo nos hiere las pupilas. Su brillo nos ciega, como a Everardo y es entonces que comenzamos a ver realmente. A entender. A atar los cabos. A descifrar el deslumbrante laberinto.

Kyra nos convierte. Nos signa y nos resigna. Resignados como Vivian, queremos saber. Vamos hacia el origen y con ella descubrimos miseria humana. Pero también belleza y paisajes y pueblos coloniales enclavados en purísimas montañas y la blancura indescriptible de la plata. Historia, leyendas, mitos y chismes. Murmullos, olores, pistas. Llaves y diarios. Enchiladas y café. El erotismo como una afilada herramienta de conocimiento. Un laberinto de vida cifrado en las callejuelas de Taxco, que como ciegas serpientes buscan su origen.

Una investigación documental y de campo extraordinariamente meticulosa vertebra la novela. Kyra Galván ha pisado tanto la casa como el rancho Spratling y conoce la Casa Borda de Cultura como la palma de su mano. Ha escrutado en todas las direcciones ensayos y artículos sobre la familia Kennedy. Sigue a milímetro el viaje de bodas mexicano de la pareja de Camelot en 1953. Remonta el curso del río de la información. Reconstruye la vida mexicana en la década de 1950. Rastrea. Comprueba sus fuentes. Pero por sobre todo, ejerce su don supremo, que es la mirada, o mejor dicho, la videncia del escritor. Esa intuición, ese leer desde dentro las situaciones, los objetos, los sujetos. Ese saber, porque sí, qué estaba pensando Frida cuando le lleva la comida a Diego; qué conjetura Jackie antes de decidir si viaja de día o de noche a Acapulco, el peso infinito de la más leve idea, las consecuencias interminables de la ocurrencia más banal.

El ejercicio de la literatura se nos entrega a través de este libro como un sacrificio, en el sentido etimológico de hacer sagrado. Le restituye a la realidad sus dioses y sus peligros, sus necesarias aunque dolorosas emociones. Los personajes caminan hacia su propio mito. Y nosotros con ellos, porque saben mirarnos a los ojos. Como nos mira Everardo el ciego, como Kyra Galván nos mira desde su corazón de plata. (María García Esperón)