Soy Penélope, la esposa de Odiseo, el rey de Ítaca. Más allá de septiembre, cada año, mis esperanzas llegan a su fin.
Diez años son muchos, me digo cuando giro la rueca con desgana y veo correr a Telémaco. La inocencia de la niñez lo ha preservado de la tristeza de la falta de su padre, aunqeu muchas veces ha llegado conmigo con los ojos brillantes de lágrimas porque algún niño le ha echado en cara la ausencia de Odiseo.
¿Regresará? Me pregunta. La pregunta de mi hijo siempre se me clava en el corazón como una espada.
A Telémaco le he hecho un padre de palabras, un Odiseo de memorias, para que acompañe su niñez y habite sus sueños.
Pero yo no me engaño. No bastan las palabras, ni la inagotable memoria, para llenar el hueco que dejó Odiseo a mi lado, aquella mañana en que con los ojos ebrios de imaginación y de aventura, decidió acompañar a Agamenón y Menelao, a Aquiles, Áyax, Diomedes y a los otros reyes aqueos a la guerra de Troya.
María García Esperón
La tela de Penélope