11 dic. 2017

Flamenco



Sonidos negros. Quejío. Soledad de soledades y todo es soledad. Pena oscura y luz enardecida en el metal valeroso de la fragua, en la hondura sin tregua de la mina.

Todos los registros y toda el alma en todas las cuerdas, todos los matices y el tiempo todo en un lenguaje universal.

Flamenco de toda la tierra, río que arrastra toda la historia: las mágicas arquitecturas de la India y la fruncida ceja del brahmán, el rezo enristrado en los minaretes y la pura espiral de los cantos de Sefarad.

Flamenco anterior a su propia palabra, tan romano y tan griego, tan fenicio, tan del mar.

Y después de siglos entonces sí, flamenco flama, desposeído y mudéjar, el único capaz de cantar la pena enamorada del agua de la Alhambra y la flor de piedra del Alixar.

Patrimonio universal, arte por encima de todo, de palabra misteriosa que como el fuego que evoca, no puede dejarse de contemplar. Y de escuchar y de celebrar. Flamenco que trasciende el alfabeto y que por su siempre y su jamás por todos es comprendido y a todos les puede hablar.

Gitano de ceniza y de saetas, de la Madre y de la Virgen, de la cruz, del olivar.

De todos los días gitano, de la siega y el trasiego, de la siesta, del penar.

Cordobés y granadino, jerezano, de Sevilla, de altamar. Colombiano de ida y vuelta, tan guajiro, tan juncal. Tan lorquiano y Federico, tú sentado en una silla, tan derecho, tan cabal.

Flamenco de rompe y rasga, de siempre vuelta a empezar, de las tardes de corrida, de las otras y aún más: do la pena negra brota y no se puede parar. Noche con bata de cola y luna niña de sal. De cuatro primos Heredia y río que rompe a llorar.


María García Esperón