25 jul. 2014

Un asalto con final feliz



Para N. y M.
Para la Ciudad de México.
Para todos los que creen en la esperanza.

Ayer sufrí un asalto a mano armada.

Vale narrar la secuencia porque aún esta desagradable prosa acabó signada por ley de poesía.

Tengo un proyecto unipersonal que se llama Camina Poesía y que expreso a través de vídeos que grabo  al azar mientras voy pensando o diciendo un poema. Hace dos años que empecé con este ejercicio de poetizar la realidad y si bien mantuve el blog como un registro privado, recientemente lo he hecho público. Ahora pienso y vivo la poesía de ausencia de Luis Rius, y en una hermosa tarde caminaba pensando en el poema y grabando con el teléfono el temblor de las hojas de los árboles después de una lluvia.

Poético, ¿no?

Pues así iba, casi a punto de llegar a mi casa, cuando un hombre joven se me acerca demasiado y me pregunta qué estaba haciendo. Creí que solo quería molestarme cuando percibí ese inconfundible y ácido espesor de la desgracia.

-Tengo una pistola. Camina para allá.

En la Ciudad de México sabemos que estos sucesos pueden ser fatales, que si el delincuente se pone nervioso o está drogado, resistirse es casi un suicidio, que el robo a mano armada de aparatos electrónicos en la vía pública o en el transporte colectivo es una especialidad...

Mecánicamente, le entregué el teléfono, pero no le bastó y me preguntó qué más tenía. Vio mi bolsa, artesanal, de Oaxaca, bordada y color violeta, en la que traía documentos de identificación, tarjetas, lentes, plumas, cuaderno y ¡mi libro de griego antiguo! y de inmediato se la entregué.

-¿Qué más tienes?

-Nada más y esto ya se acabó porque me estoy asustando y puedo enfermarme -le dije-. Ya vete y que te aproveche. 

El hombre se fue corriendo y lo último que vi de él fue su actitud inequívoca de ladrón con un bolso de mujer que no le correspondía.

Llegué a casa, mi familia me arropó, cancelé todo. Di de baja el teléfono, desde la ICloud borré mi información, proporcioné al operador del servicio telefónico el número IMEI que bloquea las funciones del equipo para que quien lo robó no pueda usarlo y traté de asimilar la experiencia.

A las 10 de la noche, a través del formulario de contacto de este blog, recibí este mensaje:

"María, si perdiste algo recientemente, mi novia lo encontró. Comunícate con nosotros".

Y así lo hice. Y conocí a N. una bella muchacha de cabello de sirena, profesional y emprendedora, que venciendo la desconfianza que es ya la segunda naturaleza de los habitantes de la ciudad de México recogió mi bolsa, vio mis documentos y a través de su novio M. me encontró en internet y se preocuparon porque yo recuperara lo que me pertenecía. N. me contó que el vigilante de su edificio vio al ladrón, que venía ¡huyendo! y que arrojó debajo de un coche una bolsa violeta.

Dice mi amigo Enrique Pérez Díaz, a quien le conté el suceso como fue ocurriendo que:

"Como en las leyes de Vladimir Propp sobre la morfología del cuento y el héroe que sale al mundo para enfrentar sus inevitables funciones.
Hubo un viaje, una separación, un asalto, un hurto, una llamada, un mediador, unos participantes desconocidos, una prenda, una devolución de la prenda (que no es el libro de griego, ni la cartera, ni las tarjetas) es la confianza en el ser humano."

Yo estoy convencida que vivimos tiempos cruciales, que los medios de comunicación nos pueden acercar como nunca, que debemos extraer un nuevo sentido de la vida de esta edad que nos tocó vivir. Lo digo desde la ciudad de México, donde pudiera parecer que el hombre es el lobo del hombre y que salir a la calle es un riesgo fatal.
Que Camina Poesía algo suscitó en el pobre ser que me atacó.
Y que N. y M. recogieron el sentido del poema y me lo devolvieron vestido de esperanza.