Me llamo Helena. Soy la princesa de Esparta. Mi madre es la reina Leda y mi padre Tíndaro, pastor de hombres. Mis hermanos son Clitemnestra y los gemelos Cástor y Pólux, todos mayores que yo.
Sin embargo, la gente dice que soy la hija de Zeus. Que mi madre, en el templo, fue visitada por el dios con la forma de un cisne.
Son historias que, de tanto repetirse, acaban por creerse.
Desde que tengo uso de razón oigo alabar mi belleza. Y yo me pregunto si verdaderamente es algo que me pertenece, si es algo mío, algo que forma parte de mi ser, como mi nombre, mis sueños y este miedo que no me abandona desde aquel día en que yo tenía trece años y fui sola al altar de Ártemis a consagrarlemi única muñeca.
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Nadie puede detener al destino. El mío sería elegir entre los jóvenes príncipes aqueos a quien deba convertirse en mi esposo.
Y yo, ¿quiero un esposo?
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Elegí a Menelao.
No sé bien por qué lo hice. Pude haber escogido a Aquiles, que era hermoso como un sueño y tenía sangre divina. O a Odiseo, para agradar a mi padre. O a Idomeneo, para reinar sobre las cien ciudades de Creta…
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Paris...
Quise hablar y no pude. Quise mostrarme con la frialdad de una reina ante un príncipe aliado y lo único que había en mi corazón era el fuego de un amor que creció en segundos para llenar e incendiar el mundo entero.
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—¡Diosa, ten piedad de mí!
Afrodita rutilante. Sus ojos resplandecían y me sentí morir. Comprendí que no podía desobedecerla. Que al ponerme su velo esa tarde había aceptado mi destino.
El velo de Helena
Ediciones El Naranjo
Escultura de Afrodita que aparece en el video:
Ian Charles Lepine