Casandra, Helena, Circe, Calipso, Nausícaa, Penélope... Las mujeres en los poemas homéricos son presencias majestuosas y voces que han sobrevivido los siglos. La vidente, la más bella entre las bellas, la maga, la diosa de la isla, la joven princesa, la reina de Ítaca. Conoce sus secretos y su sabiduría a través de los textos que he ido componiendo en las páginas de los libros que, desde lo más profundo de mi corazón, dedico a Grecia inmortal.
Soy Penélope, la esposa de Odiseo, el rey de Ítaca. Más allá de septiembre, cada año, mis esperanzas llegan a su fin.
Diez años son muchos, me digo cuando giro la rueca con desgana y veo correr a Telémaco. La inocencia de la niñez lo ha preservado de la tristeza de la falta de su padre, aunqeu muchas veces ha llegado conmigo con los ojos brillantes de lágrimas porque algún niño le ha echado en cara la ausencia de Odiseo.
¿Regresará? Me pregunta. La pregunta de mi hijo siempre se me clava en el corazón como una espada.
A Telémaco le he hecho un padre de palabras, un Odiseo de memorias, para que acompañe su niñez y habite sus sueños.
Pero yo no me engaño. No bastan las palabras, ni la inagotable memoria, para llenar el hueco que dejó Odiseo a mi lado, aquella mañana en que con los ojos ebrios de imaginación y de aventura, decidió acompañar a Agamenón y Menelao, a Aquiles, Áyax, Diomedes y a los otros reyes aqueos a la guerra de Troya.
Me llamo Nausícaa y soy la princesa de los feacios. Mis padres son eel rey Alcínoo y la reina Arete. El nombre me lo puso mi abuelo Nausítoo y significa Navegadora. Nausícaa. Mis hermanos son nobles jóvenes que se entrenan en las armas y en la danza y vivimos todos en la vasta Esqueria, la tierra de los feacios. Ofrecemos sacrificios a los dioses y también ayudamos a los extranjeros, los que se han perdido en el mar, y llegan a nuestra tierra, para que regresen a sus hogares.
Esqueria. La tierra de los feacios. Es la mejor tierra del mundo, y la más feliz, porque es la más generosa.
Yo lo vi. Mis ojos quisieron apoderarse para siempre de aquella imagen. de esos cabellos, de esa figura, labrada como una antigua madera. De esos ojos, suplicantes y tristes, de esa desnudez vestida de sufrimiento, de lucha contra los elementos y contra los dioses. Dijo que se llamaba Nadie.
Los dioses son crueles o inmisericordes. Además, no sufren. Pero tampoco son felices. Los que sufrimos somos los hombres. Los que somos felices somos nosotros, los seres humanos. Y en la frente de ese Nadie, yo vi unas líneas de un sufrimiento tan intenso, que de inmediato sentí la necesidad de ayudarlo y de hacerlo llegar, ¿por qué no, si me llamo Nausíca? a puertos felices.
Adiós, Nadie. Cuando llegues a tu tierra, cuando pruebes la miel del retorno, no te olvides que en la sagrada tierra de los feacios, quedo yo, Nausícaa y que te amo.
Soy Calipso. Vivo en la hija de Ogigia. Un día de la eternidad, cuando las gaviotas ponen anillos de mar en los dedos del crepúsculo, él llegó hasta mis playas. Sediento y agotado, fugitivo de Poseidón, el agitador de la tierra. Los ojos vivos, la barba erizada de sal.
Lo amé de inmediato. Como una diosa.
Pero el amor de las diosas cansa a los mortales y sobre esta deidad de mí misma obran fuerzas superiores. Así, llegó el mensajero de Zeus con el mandato de que dejara partir a Odiseo.
Le señalé el bosquecillo del cual podría obtener madera para construir una balsa y marchar al inquieto mar, que todavía la reservaba terrores y peligros antes de alcanzar las orillas del retorno y las costas de Ítaca.
Soy Circe. Eea es mi isla y yo soy la hija del Sol.
Circe.
La Maga.
La que puede convertir a los hombres en cerdos y en perros, en jabalíes y en venados, volver hirsuta la piel humana y transmutar el habla articulada en gruñido.
Todos me yemen o me han tenido, excepto él. Cierto es qu elo protege una deidad poderosa, la ojiglauca Atenea tal vez, aunque fue el alado Hermes quien le entregó la raíz negra del moly con su flor tan blanca, para hacerlo inmune a mis brebajes, para infundir valor en mii pecho y atreverse a amenazarme con su espada broncínea. ¿Habría sido capaz de matarme? No lo sé. Soy una diosa y no lo sé. Pero en mi pecho se encendió una hoguera que no encuentra reposo cuando a la luz de las llamas lo vi, mísero hijo de la tierra, frente a mí todopoderosa hija del Sol que había convertido en bestias a todos sus compañeros.
¿Me compadecí? Tampoco lo sé. Porque la más poderosa de las fuerzas que gobiernan el universo, aún por encima del padre Zeus y quizá solo comparable al Destino, me atóo los miembros con una cadena invisible, me desprendió la voluntad e hizo de la Maga una mujer, una simple mujer enamorada de Odiseo.
Me llamo Helena. Soy la princesa de Esparta. Mi madre es la reina Leda y mi padre Tíndaro, pastor de hombres. Mis hermanos son Clitemnestra y los gemelos Cástor y Pólux, todos mayores que yo.
Sin embargo, la gente dice que soy la hija de Zeus. Que mi madre, en el templo, fue visitada por el dios con la forma de un cisne.
Son historias que, de tanto repetirse, acaban por creerse.
Desde que tengo uso de razón oigo alabar mi belleza. Y yo me pregunto si verdaderamente es algo que me pertenece, si es algo mío, algo que forma parte de mi ser, como mi nombre, mis sueños y este miedo que no me abandona desde aquel día en que yo tenía trece años y fui sola al altar de Ártemis a consagrarlemi única muñeca.
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Nadie puede detener al destino. El mío sería elegir entre los jóvenes príncipes aqueos a quien deba convertirse en mi esposo.
Y yo, ¿quiero un esposo?
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Elegí a Menelao.
No sé bien por qué lo hice. Pude haber escogido a Aquiles, que era hermoso como un sueño y tenía sangre divina. O a Odiseo, para agradar a mi padre. O a Idomeneo, para reinar sobre las cien ciudades de Creta…
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Paris...
Quise hablar y no pude. Quise mostrarme con la frialdad de una reina ante un príncipe aliado y lo único que había en mi corazón era el fuego de un amor que creció en segundos para llenar e incendiar el mundo entero.
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—¡Diosa, ten piedad de mí!
Afrodita rutilante. Sus ojos resplandecían y me sentí morir. Comprendí que no podía desobedecerla. Que al ponerme su velo esa tarde había aceptado mi destino.
Mi nombre es Casandra y soy la princesa de Troya, la ciudad floreciente, la puerta de Asia, también llamada Ilión pues el Sol, Helios, la visita primero en su carro de fuego para iluminar al mundo. O por Ilo, mi bisabuelo, hijo a su vez de Tros, a quien honra el nombre de Troya.
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Mi nombre, Casandra, significa "brillo de hombres". Me lo impuso mi padre a los pocos días de nacida, subyugado, dicen, por el brillo que emanaba de mis ojos.
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Es la luz... es la luz de Apolo.
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¿Querías saber? ¿Querías conocer el futuro, lo oculto? Ya está, Casandra. Ya sabes, ya miras, ya puedes... Pero escúchalo bien: nunca nadie, nadie nunca creerá en lo que dices.
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Caí de rodillas en la tierra rojiza de Troya. Era verdad lo que decían las abuelas. Cuando los dioses visitan a los mortales los queman. Yo estaba de alguna manera incendiada.
Soy María García Esperón y quiero compartir con ustedes una maravillosa noticia.
Así es: el músico y musicólogo griego Ioannis Andronoglou estará en España.
En Barcelona, la cita es el miércoles 30 de septiembre a las 6:30 de la tarde en el Aula Maria Mercè Marçal de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, a la que tengo el honor de pertenecer; y en Alicante, el viernes 2 de octubre a las 7 de la noche en la Sede Universitaria Ciudad de Alicante, gracias a la Asociación de Personas Mayores Plaza América y a la Asociación Crisálida.
Amigos de Barcelona, amigos de Alicante... ¡no se lo pueden perder!
Y amigos de otras partes del mundo, de México, de Colombia, de otras ciudades de España... no se preocupen, porque se los haremos llegar a través de las redes sociales.