Normanda y barroca, superviviente y poderosa, la Catedral de Catania es un libro que elocuente despliega ante el observador un elegante lenguaje ocultista empeñado en develar la verdad. Dedicada a Santa Ágata, virgen cristiana martirizada y ejecutada en el siglo III bajo el reinado y los decretos del emperador Decio, es un templo dedicado al Bien, Santo Grial a conseguir al tiempo que se transcurre y pasa en el crisol de la existencia.
Ágata entrevista en el hueco de la balaustrada frontal de la Catedral de Catania. Porta un libro y la cruz, coronada señora del cielo. La Fe. La Mente. Y a su lado, el olivo, como el de la Virgen Atenea.
Santos guerreros y combativos obispos hacen guardia para Ágata.
La inscripción “N.O.P.A.Q.V.I.E.” (“Noli offendere Patriam Agathae quia ultrix iniuriarum est”, "No ofender a la patria de Ágata pues ella es vengadora de toda injusticia”).
San Everio o San Severo, obispo de Catania.
El pasado romano y bajo la catedral esa otra institución lustral: las termas.
La otra inscripción relacionada con la santa: “M.S.S.H.D.E.P.L.”. “Mens santa spontanea, honori Dei et patriae liberationi” ( “Mente santa y espontánea, honor a Dios y liberación de la patria”).
Santa Lucia, la virgen mártir de Siracusa, en la fachada lateral izquierda también resguarda a Ágata y como ella, resplandece en la Eternidad.
Santa Rosalía, patrona de Palermo, abrazada de flores.
Desde la fachada lateral izquierda se aprecia un olivo, presente en una de las leyendas asociadas a Ágata y que la vincula a Atenea.
San Leo, obispo, como todos los de Catania, santificado y legendario.